Vigencia de la poética de los lares

Cuando se siembra la memoria no hay lamento: vigencia de la poética de los lares

Isidora Vicencio



Nostalgia si, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado, pero debiera pasarnos. J. T.


Y si los lares fueran el mantel de mesa heredado durante generaciones en un pueblo. Un fondo añejado y humilde que gozó de gran admiración en un tiempo ya borroso, todo lo que no parece un simple mantel viejo. Todo lo que no es un fondo. Un legado de los muertos incorporados por los vivos, la voz de una cadena de memoria oscura, ¿memoria de un pueblo?. Si los lares fueran el aroma de las mirtáceas templadas por la luz de un veranito de San Juan, los componentes de una vida confeccionada por la lluvia y el olor a humo o por la sequedad del desierto que, no solo el suelo, sino también la piel agrieta. Los retazos del entramado de un pueblo, los trozos del mosaico de un presente. Si los cuerpos parten del territorio y el territorio parte de los cuerpos, el cuerpo es territorio y el territorio es cuerpo.

¿Pero acaso el lar será una cosa diferente a la nostalgia por el lar? ¿por qué tanta soltura al asumir lo lárico como principalmente melancólico?

Los lares han sido abandonados en el alféizar interior de una ventana o en la parte alta de las bibliotecas para llenarse de polvo, como los objetos preciados pero inútiles, tal vez hasta endeudados con un aura que debiera ser correspondida, y que no da para tanto. Cuando se alza un gesto en referencia a ellos, entre los balbuceos es posible detectar algunos elementos como la naturaleza, la infancia dorada, el pueblo fantasma, la lluvia, el poeta borracho y solitario.

Durante el golpe de estado de 1973 en Chile, las voces del quiebre realista parecen haber gritado más fuerte que los lares habitantes de la imposibilidad de las palabras verdaderas. Si los lares quedaron suspendidos, ¿fue ahogándose o flotando? “El lirismo ha muerto, la forma es ahora”. Vino el golpe y se erigió la dictadura del experimento neoliberal, compañero de la democracia venidera ¿Acaso ese hiperrealismo novedoso empuja los lares al rincón? ¿los hiere? ¿los acalla? Mientras las voces directas y rabiosas, la facturación de la ironía y las nuevas vanguardias llenaban de ruido el espacio ¿qué potencia tenían los lares? ¿Qué potencia de consigna o rebelión? Algo lento y silencioso requiere ser testigo reflexivo de los acontecimientos. La potencia superviviente que tienen las ilusiones perdidas, su duelo necesario para reconfigurar ese lugar vacío, requiere tiempo. El melancólico no sabe lo que ha perdido, dando tumbos contra las murallas en la niebla. La nostalgia del pasado reseca los brotes. Tal vez quepa la posibilidad de comprender lo lárico sin esa impotencia melancólica. Como algo que se hace en una oscuridad, detrás del velo de lo verdadero, donde una luminaria podría solo hacerlo desaparecer. Su potencia radicaría en la imposibilidad de clavarle un sentido estable. Los lares son los sobrevivientes de su propia muerte, se incorporan al ahora de manera orgánica, como cuerpo autoformado en un continuo surtido de recursos del entorno, incluyéndose a sí mismo, hasta volverse completamente otro y a la vez guardando algo de lo que fue. Ni imaginario ni utópico.

No son solo cuerpos los que habitan territorios, sino que los territorios también habitan cuerpos. Hay cosas que se habitan a sí mismas. Los elementos del territorio se inscriben como parte del cuerpo que aprende un paisaje, un clima, un fruto. Un cuerpo incorporado, hermanado con su entorno. La insistencia de una forma de vida en la memoria casi hecha instinto. El territorio como configurador de poéticas. Todavía conflictuamos comprendiendo apenas relaciones entre elementos de sistemas orgánicos, que se complejizan mucho más cuando se incorporan aquellos inorgánicos: los metales, las ciudades, las máquinas. Y más borrosa vuelven la taxonomía aquellos mitos propiciados, en parte, por la imaginación; como la poesía o el capitalismo. El deseo de incorporación al paisaje y la reconciliación con la muerte, más que una quimera de melancolía, puede ser la voluntad formada por un sentimiento de disenso con la realidad que nos muestra la injusticia producida por los dispositivos avasalladores del capitalismo, que usurparon y separaron los territorios de los cuerpos, orientando las relaciones de lo orgánico-inorgánico hacia la explotación, el extractivismo, la concentración centralizada del poder y el aumento del capital, a expensas de los sistemas vivos y sus formas de vida integradas a sistemas colectivos y más amplios.

¿Qué es pueblo?¿singularidades mancomunadas?¿individualidades que cobran sentido en tanto parte de una colectividad?¿un sistema?¿es pueblo un sistema vivo? Si hubiera una posibilidad para reconciliarse con la muerte al volverse pueblo, disolver lo solamente individual, responder como responde una vida configurada por los detalles a los que los discursos estáticos no prestan atención, hacer un tiempo de lo indeterminado, independizarse de la linealidad histórica para la vitalidad de un presente que por fin enfrenta alegremente la derrota de su estabilidad. Dejando actuar a la memoria de las vidas y sus cuerpos hechos todos con hilos compartidos en distintas proporciones y formas, un tejido pensante que reclama sus deseos, los deseos que tal vez responden a esas imágenes insignificantes que nos convirtieron en lo que somos ahora. Las relaciones entre el lar y el pueblo parten del disenso con la realidad establecida. Nuestro presente es producto del progreso modernista, la pulida técnica. Seguimos experimentando el disenso con la realidad construida por el poder económico. Ese disgusto es el motor de nuestras ficciones, nuestras maneras de inventar un habitar alternativo. En ese sentido, la poética y la actitud lárica, no pertenecen a una época pasada. Es una forma de vida que responde ante la deforestación del progresismo con la semilla de la memoria. El peligro de perder esa memoria es parte de la pugna de la condición humana y ha existido de manera transversal en la historia. Las cosas vividas, las cosas de nuestros abuelos no están en declive, están siempre en pugna con el progreso. Nuestras formas de vida independientes de la máquina capitalista no están en declive, están resistiendo el desgarrador avasallamiento de la ciencia al servicio de los intereses económicos. Ya no se trata de conservar lo real en vías de extinción, sino de resistir esas viles trampas de vida para configurar nuevas formas. Configuración de algo nuevo, mas no retroceso a “lo de antes”. La antigua conexión con el dínamo de las estrellas desdibuja su calidad de antigua al mezclarse con la vida cotidiana y eso ocurre por el simple hecho de existir la biografía de cada individuo del pueblo, donde algunos comunes convergen. Una biografía que proviene de un legado que se alimenta del intercambio con los portadores de memoria. Esos portadores de memoria no necesariamente humanos o individuos, elementos de la configuración de realidad que


dota de sentido a nuestra biografía en relación con nuestra historia. Un árbol, una piedra, un río, un bosque, un anciano. Los seres y las cosas son los portadores de esa historia y, al reconocemos como hermanos, podremos escuchar lo que nos tienen que contar y hacer memoria viva.

La reducción de la poética lárica a su elemento nostálgico es un acto de violenta castración. La nostalgia puede ser o no un comentario de ésta, más no su núcleo. Sobre todo si se habla de mera nostalgia retrospectiva. El comentario nostálgico da un largo recorrido si se vuelve crítico, prospectivo. Las poéticas de los lares cobran vida a medida que conocen que la poesía es una posibilidad de hablar con los muertos. Ya no se trata entonces de melancolía inerte, sino de memoria y siembra, de muerte nutritiva, de duelo para una reconfiguración del presente. Como el botón de las flores que aparecen en su ciclo, el lar se sigue abriendo. Toca sacarlos del cajón, desempolvarlos y buscar la potencia de las aristas que aún no se han tomado en cuenta.




Comentarios

  1. "Las poéticas de los lares cobran vida a medida que conocen que la poesía es una posibilidad de hablar con los muertos". A veces sucede la escritura. Cuando eso pasa una se sacude las cenizas y tiembla su yesca. ¡Bravo, Isidora!

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